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La Prensa, Los OVNIs
y la Parapsicología

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Gustavo Fernández

  La Prensa, Los OVNIs
 

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Debo admitir que cuando me senté a escribir estas reflexiones lo hice con el sincero propósito de ser especialmente leído por los periodistas, amén de un público segmentado habitual destinatario de mis líneas.

Y no alenté tanto la esperanza de ver publicado este artículo como de confiar en que sería lentamente digerido por ese “target” especializado en el cual pensaba cuando comencé. Porque de lo que tratarán los párrafos siguientes es de reclamar un espacio de expresión, el derecho de nosotros, ovnílogos o parapsicólogos (y en ocasiones, ambas cosas a la vez) a merecer de la prensa un poco más de seriedad antes que de atención.

De lo que estoy hablando es de cuestionar a muchos medios de prensa considerar tanto a la temática ovnilógica como parapsicológica algo atractivo en términos de números de lectores pero no de calidad de los mismos.

Quizás subproducto de cierta avispada intelectualidad que, entre ironías y enciclopedismos, considera que todo aquello que orille el “misterio” y las “creencias”, carente quizás de componentes sociales o políticos es apenas pasto amarillista para ignorantes, ese periodismo –que también recibe por Internet diariamente decenas de testimonios de avistajes OVNIs así como resúmenes de progresos en las investigaciones parapsicológicas- alienta la difusión de estas disciplinas cuando compulsa la opinión pública y ve cierto exitismo sensacionalista en la difusión masiva de hipotéticos contactos o encuentros con el Más Allá.

Pero que ignora, con soberbia cultural (que no intelectual) digna de mejor causa cuanto esfuerzo, pequeño y persistente, hagamos cotidianamente para reclamar un poquito así de espacio mediático.

Un periodismo que aplaude gozoso la presencia en cualquier “reality show” de todo pobre maniático que se sienta a caballo de múltiples dimensiones, pero que excluye por “aburrido” (en holocausto a una letanía sagrada en los estudios y “platós”: “lo que no puede decirse en treinta segundos no sirve”) a un enjundioso y poco atractivo investigador cargado con años de ostracismo. Un periodismo que, corporativista al fin, sale a defender el derecho de “libertad de expresión” cuando cualquier colega es víctima real o supuesto de oscuras maquinaciones, pero eclipsa esa misma libertad de expresión cuando, mes tras mes, años tras año, gastamos las suelas acercándoles resúmenes de los progresos, de las evidencias obtenidas en nuestros análisis.

Un periodismo que, con la ignorancia propia del gordito que se sabe dueño de la pelota, hace bromas previsibles alrededor de cualquier sonado suceso insólito.

Un periodismo que ante estas apreciaciones podría reaccionar argumentando que, si esto ocurre, después de todo es responsabilidad nuestra por no saber darle un marco de “seriedad” y “cientificismo” a lo que hacemos pero nos niega y prejuzga gozosamente.

Un periodismo que se enlista fácilmente con los escépticos profesionales de turno, quizás para lustrar ciertos galones de “racionales y avispados”, ignorando la compleja telaraña de intereses creados que se mueve detrás de ellos y, lo que es peor, desinteresándose totalmente en conocerla, lo cual es doble pecado en el caso de un informador público. Un periodismo donde, respetado por los ciudadanos (en muchas ocasiones, por méritos bien ganados; en muchas otras, también, sólo por inercia), gozan del privilegio de modelar la conciencia de la sociedad sin medir en ocasiones –en demasiadas ocasiones- las consecuencias últimas de sus actos, en virtud de boicotear lo que por derecho de esa misma conciencia los otros tienen la prebenda de conocer.


¿Dos anécdotas?

Una; el periodista de policiales Enrique Sdrech (a quien sé por lo demás una excelente persona) no trepidó en acentuar los aspectos de “culto esotérico” que rodeaba la vida de las hermanas parricidas del barrio porteño de Saavedra, o que una de las víctimas del tristemente célebre asesino serial de la ciudad de Mar del Plata “solía vivir entre velas y sahumerios”.

Sería bueno preguntarle –yo no he tenido todavía la oportunidad- si en cualquier otro asesinato y crimen de los que investiga a diario concede la misma importancia mediática a la cantidad de veces que concurrió víctima o criminal a misa el último año, las semanales visitas de su pastor o la fecha de su Bar-Mitzvá.

Y, como decimos en nuestras tierras, se va la segunda. Otro hombre de prensa, Luis Majul, en ocasión de una entrevista televisiva con el conocido doctor Mariano Grondona alrededor de los escándalos políticos subsiguientes al asesinato de la joven catamarqueña María Soledad Morales, ataca la figura del primer juez que intervino en la causa, el doctor Luis Ventimiglia.

¿Por excederse en sus atribuciones jurídicas?. No. ¿Por ineptitud e ineficacia procesal?. Tampoco. ¿Por contubernios políticos?. Menos. ¿Saben por qué?.

Porque le había escuchado decir, en el transcurso de un asado en la provincia de Jujuy en casa de comunes amigos y en virtud de algunas “bromas” que otros colegas le hacían por haberse tomado el trabajo de escuchar y abrir una causa frente a un “loco” que sostenía haber presenciado un aterrizaje OVNI en vez de ponerle simplemente de patitas en la calle, el doctor Ventimiglia, decía, simplemente los había mirado serio, muy serio, y respondido: “¿Y si fuese verdad?”.

Yo no sé si Ventimiglia cree en los OVNIs, o no. Lo que sí sé es que la actitud que en cualquier otra circunstancia (una denuncia de cohecho, una infidencia de infiltración terrorista) aún con un alto grado de improbabilidad le habría hecho decir a Majul que estaba frente a un hombre probo que cumplía objetivamente su papel de juez, en este caso le venía como anillo al dedo para poner en entredicho su seriedad –o equilibrio- de cara al impacto mediático fácil.

 

 

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